Veníamos de pasar unos días en Podgorica y, después de reencontrarnos con el Tesla, volvimos a la ruta. Habíamos aprovechado Montenegro para hacer algunas compras y ordenar cosas antes de seguir. Desde allí hasta Shkodër había poco más de una hora, frontera mediante.

A medida que entrábamos en la ciudad empezamos a notar que el paisaje cambiaba. Había construcciones más humildes y bastante deterioradas, cables colgando y algunas zonas que nos daban la sensación de haber entrado a una ciudad más pobre. En algunos lugares también se acumulaba basura alrededor de los grandes contenedores que había en la calle.
Y, casi al mismo tiempo, empezamos a notar otra cosa. Un Mercedes. Otro Mercedes. Otro más: autos de alta gama estacionados delante de edificios que parecían pertenecer a una realidad económica completamente distinta. Gonzalo y yo empezamos a contarlos mientras caminábamos. Al principio era una broma. Después se convirtió casi en un juego entre nosotros porque aparecían por todas partes.
Y durante esa primera semana apareció una conversación que repetimos varias veces: nos sentíamos muy seguros. Lo curioso era que los dos habíamos hecho, casi sin darnos cuenta, una asociación bastante básica: si un lugar parece más pobre, probablemente también sea más inseguro. Nunca nos habíamos sentado a pensar demasiado de dónde venía esa idea. Simplemente estaba ahí.
Entonces empezábamos a comentarlo entre nosotros.
"Qué raro que dejamos el auto ahí y ni lo pensamos".
"Mirá el edificio, está abierto".
"Son las once de la noche y está lleno de gente caminando muy tranquila".
Y cuanto más lo hablábamos, más evidente se volvía que estábamos uniendo dos cosas que no necesariamente tenían relación.
El departamento que habíamos alquilado, por ejemplo, no tenía garaje. Viajando con el Tesla es una de las cosas que solemos intentar resolver porque el proyecto depende del auto y, si podemos elegir, preferimos tenerlo guardado. Le preguntamos al anfitrión dónde nos recomendaba estacionarlo. Nos respondió con total tranquilidad que lo dejáramos donde encontráramos lugar, que no iba a pasar nada. Era, sin que supiéramos ponerle nombre todavía, nuestro primer contacto con algo que después entenderíamos mejor: Albania es un país extremadamente hospitalario, y eso ya se sentía en la gente.
Encontramos sitio en una calle bastante oscura y ahí quedó, durante varios días. Y la verdad es que no pasó absolutamente nada. Solo lo cambiamos de lugar una vez, porque empezaron a acumularse tantas bicicletas alrededor que nos pareció más práctico moverlo.
Las bicicletas fueron otra sorpresa. Había muchísimas. Gente joven, adultos, personas mayores haciendo sus cosas en bicicleta como parte de la vida cotidiana. No era una actividad para turistas ni algo concentrado en una ciclovía bonita del centro: la gente realmente se movía así.
Después descubrí que Shkodër es conocida justamente como la "Ciudad de las Bicicletas". La bicicleta lleva décadas formando parte de la cultura urbana de la ciudad, y sus calles llanas ayudan bastante a entender por qué. No voy a compararla con Ámsterdam porque Ámsterdam sigue jugando en otra categoría en cantidad de bicicletas, pero después de haber estado allí, Shkodër probablemente sea la segunda ciudad en la que más bicicletas recuerdo haber visto.
El edificio donde nos alojábamos seguía la misma lógica relajada que empezábamos a encontrar en otros lugares. El portal permanecía abierto las veinticuatro horas y cualquiera podía entrar. Cuando pedíamos comida por Wolt, algo parecido a Rappi o PedidosYa, el repartidor podía subir directamente y dejar el pedido en la puerta del departamento.
Las primeras veces nos parecía extraño; después dejamos de prestarle atención. Supongo que también funciona así cuando viajás durante bastante tiempo: hay cosas que el primer día comentás cinco veces y, una semana después, ya forman parte de tu normalidad.
Aunque había otras que seguían sorprendiéndonos. Shkodër está muy cerca de zonas rurales y, por momentos, esa separación entre ciudad y campo parecía bastante menos clara de lo que estábamos acostumbrados. Un día terminamos avanzando despacio detrás de un grupo de ovejas con el Tesla.

En otra ocasión tuvimos que frenar, junto con varios autos más, para esperar que terminara de cruzar una especie de procesión de patos en plena calle.

No parecía que nadie tuviera demasiado apuro: los animales cruzaron, los autos esperaron y después todos seguimos como si aquello fuera lo más normal del mundo. Nosotros, obviamente, sacamos fotos.
Por la noche Shkodër tenía otra energía. Y además había algo que hacía muy fácil salir: era realmente barata. Al menos comparada con los lugares de los que veníamos, cenar afuera costaba tan poco que durante esa semana casi no tenía sentido pensar en cocinar. Eso cambiaría bastante cuando llegáramos a Tirana, pero en Shkodër podíamos terminar de trabajar, salir a caminar y decidir dónde comer sobre la marcha. La única condición era acordarnos de llevar efectivo: muchos lugares todavía funcionaban principalmente así, algo que descubrimos bastante rápido.
El centro de Shkodër tenía mucha vida cuando caía el sol. Había restaurantes y locales abiertos hasta tarde, gente caminando y suficiente movimiento como para salir sin pensar demasiado qué íbamos a hacer. Y nosotros aprovechábamos bastante esas noches.
Para entonces Gonzalo y yo ya llevábamos varios meses viajando juntos, pero esas conversaciones seguían siendo una parte importante de conocernos. Habíamos pasado de las primeras citas a viajar juntos, después a vivir un tiempo en Sitges y ahora a una vida en la que podíamos cambiar de ciudad cada pocas semanas. Y eso también cambiaba las conversaciones.
Hablábamos de lo que estábamos viendo, de cómo nos sentíamos viviendo así, de lo que nos sorprendía de cada lugar y de lo que queríamos hacer después. Algunas conversaciones empezaban hablando de Albania y terminaban varias horas más tarde en cualquier otro lugar de nuestras vidas. A veces salíamos simplemente a cenar y terminábamos quedándonos mucho más de lo previsto. Creo que una de las cosas que más disfrutábamos de esa etapa era justamente tener tiempo para eso: no había que volver corriendo a ningún lado.
Shkodër fue bastante eso durante aquella semana: trabajar durante el día, caminar, salir a cenar cuando bajaba el calor y quedarnos hablando hasta tarde.
Trabajar desde ahí tenía algo particular: el balcón del departamento miraba directo a una cancha de fútbol. No llegamos a ver ningún partido ahí abajo, pero fue algo particularmente curioso igual.

Esa semana también empezamos a grabar conmigo frente a cámara.
Gonzalo ya venía documentando buena parte de nuestros viajes, pero para mí era un terreno bastante nuevo. No me cuesta especialmente hablar en público: di charlas, participé en eventos y puedo sentirme muy cómoda frente a una audiencia. Lo que siempre me resultó más extraño fue verme después en una grabación.
De hecho, muchas veces terminaba una charla y nunca volvía a mirar el video. Una cosa es estar ahí, concentrada en lo que querés contar, y otra bastante distinta observarte desde afuera y empezar a reparar en tu voz, tus gestos o todas esas cosas en las que no pensabas mientras hablabas.
Con Gonzalo tenía además algo diferente. Él quería que después viéramos juntos lo que habíamos grabado, no tanto para juzgarlo sino porque estábamos empezando a construir algo entre los dos y esas imágenes también iban a formar parte del recuerdo.
Eso hizo que poco a poco me dieran más ganas de probar.
Así que en Shkodër grabamos nuestras primeras sesiones juntos. Después vimos el material, algo que al principio me costó un poco, pero me gustó haber empezado.

El castillo de Rozafa
Uno de esos días fuimos al castillo de Rozafa. Hacía muchísimo calor. Subimos hasta la fortaleza y, cuando llegamos arriba, apareció una de esas vistas increíbles que hacen que le quieras sacar fotos absolutamente a todo: desde allí se veía la ciudad, el lago, los ríos y las montañas extendiéndose alrededor.

Nos quedamos hasta el atardecer y vimos una de las puestas de sol más bonitas que habíamos visto hasta ese momento del viaje.

El castillo lleva siglos mirando esa misma geografía. Pasó por diferentes épocas, pueblos y ocupaciones, aunque la historia que más permanece asociada al lugar no tiene que ver con una batalla, sino con una mujer.
La leyenda cuenta que tres hermanos intentaban construir la fortaleza, pero cada noche los muros que habían levantado durante el día se derrumbaban. Para conseguir que permanecieran en pie, una de sus esposas debía ser sacrificada dentro de ellos. La elegida fue Rozafa. Antes de quedar encerrada en los muros, pidió que dejaran parte de su cuerpo fuera para poder seguir alimentando y cuidando a su hijo.
Cerca de la entrada del castillo todavía hay una especie de manantial, unas marcas de cal que gotean sobre la piedra y que la tradición local asocia con la leche de Rozafa. Dicen que algunas madres siguen acercándose hasta ahí buscando esa agua para ayudar con la lactancia. Siglos después de la leyenda, seguía teniendo algo de sentido para la gente que vive alrededor del castillo.
Dejamos Shkodër con muchas sorpresas y reflexiones, pero la más grande fue la increíble hospitalidad de su gente, que se tomaba su tiempo para ayudarnos aunque no nos entendiéramos del todo, y lo bienvenidos que nos hacían sentir.
Lo que todavía no sabíamos era que esa hospitalidad tenía nombre propio: besa, la palabra de honor albanesa, la promesa de proteger y recibir al otro como si fuera de los tuyos. Eso lo entenderíamos recién más adelante, en Bunk'Art, el búnker de Tirana convertido en museo.


Próximo destino: Tirana.
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Si querés conocer la historia del comunismo en Albania, la Pirámide de Tirana y los búnkeres de Enver Hoxha, el siguiente artículo sigue exactamente donde este termina: Albania: 50 años de comunismo y miedo al mundo exterior.
Y si te interesa ver el episodio que grabamos en Shkodër, con todo el recorrido desde Montenegro y las primeras impresiones de Albania en video, lo encontrás en el blog de Gonzalo: Qué ver en Albania: nuestra primera semana en Shkodër.




