Llegamos a un país 100 % abierto al mundo, que ya se proyecta para los próximos años con el turismo como uno de los grandes motores de su economía y que solo el año pasado recibió cerca de 12,5 millones de visitantes extranjeros.
Ahora imaginate que hace poco más de 30 años vivías en un país donde la propiedad privada sobre los medios de producción había sido abolida, la tierra estaba bajo control del Estado y la agricultura había sido colectivizada. Hasta lo que cultivabas en el fondo de tu casa estaba regulado y dejaba de pertenecerte completamente, e ibas preso si lo consumías.
Llega un dictador que, para perpetuarse en el poder, lleva las purgas hasta dentro de su propio círculo, y mientras él vive como un rey, deja en la pobreza a toda la población. El exterior pasa a ser "el enemigo". El Estado controla los medios de comunicación, la información que entra y la que sale, y durante décadas la población no sabe qué pasa más allá de la frontera.
Salir del país sin autorización podía implicar atravesar una frontera vigilada, con alambradas electrificadas, patrullas, perros entrenados para matar y el riesgo real de morir intentando escapar. La comida escaseaba: conseguir algo tan básico como pan o leche no siempre estaba garantizado. Pero incluso reconocerlo públicamente podía convertirse en un problema.
Decir "no hay" podía ser interpretado como mucho más que una descripción de lo que faltaba. Esto fue lo que vivió la población durante la dictadura comunista de Enver Hoxha.
La historia de un tío y dos palabras: "no hay"
Nuestra guía local nos lo contó a través de su propia historia familiar y, mientras la escuchaba, pensé en lo fácil que es hablar de una dictadura en números hasta que alguien le pone un nombre, una edad y una familia.
Su tío tenía 18 años cuando fue a buscar pan y leche. Cuando llegó, simplemente no quedaba. Por eso dijo "no hay". Cuesta imaginar esas dos palabras como una amenaza, pero según la historia que nos contó, terminaron llevándolo a prisión durante doce años. Tuvo la suerte de salir con vida para contarlo; muchos otros no regresaban. En ese momento, reconocer públicamente que faltaba comida podía generar descontento, y el descontento podía hacer que otras personas empezaran a cuestionar al régimen.
También nos habló de las secuelas. Nunca utilizaba pantalones cortos porque su cuerpo todavía conservaba las marcas de las torturas que había sufrido. Pero quizás las marcas más difíciles de explicar eran las que no podían verse: el miedo, la humillación y la sensación de que no podías confiar completamente en nadie. Ni en tu propia sombra.
Una de las formas de control era precisamente esa incertidumbre. No siempre sabías quién podía informar sobre vos: un vecino, alguien del trabajo, incluso una persona cercana. El antiguo servicio de seguridad del Estado construyó un enorme aparato de vigilancia y persecución que hoy Albania conserva y muestra en lugares como la Casa de las Hojas, convertida en Museo de la Vigilancia Secreta. Ese edificio, que fue utilizado durante décadas por los servicios de seguridad, conserva hoy habitaciones dedicadas a las escuchas telefónicas, el control del correo, el espionaje, los interrogatorios y la persecución.

Los museos y archivos dedicados a ese período documentan además ejecuciones, condenas, presos políticos, torturas y purgas que llegaron incluso hasta altos miembros del propio régimen. Hay algo especialmente inquietante en los sistemas que terminan necesitando encontrar enemigos incluso entre quienes ayudaron a construirlos. Pero la expresión más visible de aquel miedo todavía está por todas partes.
Los búnkeres: 173.371 maneras de tener miedo

Más de 173.000 estructuras de hormigón construidas para preparar al país frente a una invasión que nunca llegó. Hoxha convirtió la amenaza exterior en una presencia permanente: había que estar preparados, había que desconfiar, había que defender Albania de un enemigo que podía aparecer en cualquier momento.

Mientras recorríamos Albania, los búnkeres seguían ahí, pero completamente fuera de contexto. El régimen había desaparecido, la invasión nunca había llegado y los pequeños domos de hormigón seguían repartidos por un país que ahora recibe millones de extranjeros cada año. Es difícil imaginar un contraste mayor.

Otro contraste lo encontramos en Blloku, uno de los barrios más lindos para caminar hoy en Tirana: ahí está la que fue la última residencia de Hoxha. Durante décadas estuvo cerrada, vigilada, inaccesible para cualquiera que no perteneciera al régimen. Recién hace poco más de un año se puede visitar: una fundación francesa la compró para exponer ahí sus obras de arte, y abre sus puertas al público una vez al mes.

De puertas cerradas a millones de turistas
Durante décadas, salir de Albania sin autorización podía costarte la vida. Los museos y archivos oficiales del país documentan ejecuciones en las fronteras y la persecución de quienes intentaban escapar.
Ahora el movimiento sucede en sentido contrario. Cada año entran millones de personas y el turismo se convirtió en una pieza cada vez más importante de la economía albanesa. El Banco Mundial describe hoy una economía en la que los servicios y la construcción impulsan buena parte del crecimiento, mientras el turismo continúa siendo uno de sus sectores estratégicos.
Pero creo que entendí ese cambio mejor cuando llegamos a Tirana, mirando hacia arriba.
La Pirámide

En el centro de Tirana hay una enorme pirámide de hormigón, inaugurada en 1988, tres años después de la muerte de Hoxha. Fue construida por iniciativa de su hija, a pedido de su padre que quería "ser recordado como un faraón". En su diseño participó un grupo de arquitectos encabezado por su hija, Pranvera Hoxha, y su yerno, Klement Kolaneci.
Lo interesante es lo que ocurrió después: Albania discutió durante años qué hacer con ella. Derribarla habría sido una posibilidad bastante comprensible; en cambio, finalmente la transformaron. Desde 2023 se puede subir por sus fachadas, y en su interior funcionan espacios dedicados a tecnología, educación, arte y formación para jóvenes. El antiguo edificio pensado para conservar la memoria de un dictador terminó convertido en un lugar donde adolescentes aprenden programación y nuevas tecnologías. El edificio sigue siendo el mismo, pero lo que una sociedad decidió hacer dentro de él cambió por completo.
Cuando subí hasta arriba, lo que más me llamó la atención tampoco fue la Pirámide. Fue Tirana. Desde ahí empecé a contar edificios nuevos y obras en construcción: vi al menos cinco, entre torres de vidrio, grúas y proyectos que estaban modificando una ciudad que hasta hacía relativamente poco había crecido bajo reglas completamente diferentes.

Uno de los edificios que me había llamado especialmente la atención resultó ser el Skanderbeg Building, también llamado Tirana's Rock. Sus balcones están diseñados para formar el rostro de Gjergj Kastrioti Skanderbeg, el héroe nacional albanés, mirando hacia la plaza que lleva su nombre. Abajo tenía un edificio construido para recordar a Hoxha; delante, una ciudad llena de construcciones nuevas. Y entre todo aquello, turistas, cafés, hoteles internacionales, autos, jóvenes y gente subiendo y bajando por una estructura que alguna vez había sido uno de los grandes símbolos del régimen.
¿Recordar o pasar página?
Nuestra guía, con profunda tristeza, se preguntaba: "¿Cómo hay gente que puede seguir defendiendo el comunismo?". Nos explicó que esa etapa comunista se estudia para que las nuevas generaciones sepan lo que ocurrió, pero que, al mismo tiempo, sentía que Albania había decidido seguir adelante pasando página.
A mí me dio la sensación de que Albania logró algo muy difícil: dejar la página ahí, sin arrancarla, pero decidir no quedarse a vivir dentro de ella. Quizás por eso conservaron los búnkeres, por eso existen museos sobre la vigilancia y las prisiones, por eso la historia se enseña. Y quizás por eso tampoco demolieron la Pirámide.
Creo que esa fue la parte de Albania que más me interesó: no solo cómo sobrevivió a casi medio siglo de aislamiento, sino qué decidió hacer después con todo lo que había quedado. Porque transformar un país no siempre significa borrar aquello que te recuerda lo peor de tu historia. A veces significa dejarlo ahí y decidir qué representa a partir de ahora.
Una ciudad construyendo hacia arriba, turistas entrando a uno de los países más seguros que hemos visitado, una Albania que durante décadas tuvo miedo de lo que podía venir de afuera y que hoy parece decidida a abrirle la puerta.
Lo que sigue: Vlorë

Nuestro próximo destino fue Vlorë, donde nos quedamos varias semanas frente al mar. Las fotos de esa costa probablemente hablen solas: trabajando frente al Adriático, con esa vista.
Ahí terminamos de afinar una rutina que ya se había vuelto costumbre en cada lugar del viaje: ir al mar, nadar un rato, y volver a la compu para seguir trabajando con esa vista todavía puesta. Ser nómada digital, en la práctica, es sobre todo eso: no elegir entre trabajar o vivir el lugar, sino encontrarle a cada destino la forma de hacer las dos cosas.

Pero quien las vea sin conocer esta historia se va a quedar solo con eso, con la superficie. Porque la verdadera identidad de Albania no está en esa playa. Está en todo lo que tuvo que atravesar para poder mostrártela sin miedo.
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Si todavía no leíste cómo fue llegar a Albania por primera vez, con las ovejas cruzando delante del Tesla y la leyenda del castillo de Rozafa, empezá por Shkodër: Shkodër: el primer destino en Albania.
Y si querés ver todo esto desde adentro del auto, el episodio que grabamos en Tirana está acá: Qué ver en Tirana: la historia del comunismo de Enver Hoxha.




