
Cada vez que publico una foto trabajando frente al mar, aparece alguien en LinkedIn dispuesto a explicarme que "en la playa no se puede trabajar".
Que el reflejo en la pantalla, que la postura, que el viento. Y tienen razón en casi todo. Lo que no significa que no se pueda.
Nunca dije que paso ocho horas sentada frente al mar con la computadora sobre las piernas. Pero sí he respondido mensajes desde un bar de playa, revisado un documento junto al agua o aprovechado una tarde tranquila para escribir.
Para una reunión importante prefiero una silla cómoda, una conexión estable y una puerta que pueda cerrar. Para leer, pensar o responder mensajes, una cafetería frente al mar puede funcionar perfectamente.
La diferencia está en no esperar que cualquier lugar sirva para cualquier tarea.
Aunque hay otra parte que casi nunca aparece en esas fotos: para poder trabajar una tarde frente al mar, primero tuvimos que construir una rutina bastante más organizada de lo que parece.
El viaje se organiza alrededor del trabajo remoto
Estamos cruzando el mundo en un Tesla, pero no vivimos permanentemente en la carretera.
Durante la semana trabajamos. Atendemos clientes, tenemos reuniones, escribimos, vendemos y seguimos construyendo nuestros proyectos. Los cambios de ciudad y de país los hacemos los fines de semana.
Lo decidimos así porque un cliente no debería recibir una respuesta más tarde porque nosotros estamos atravesando una frontera, buscando un cargador o intentando encontrar las llaves de un nuevo alojamiento.
Nuestro viaje es una elección personal. Por eso, de lunes a viernes, nuestra vida se parece más a la de cualquier persona que trabaja en remoto que a la imagen tradicional de alguien recorriendo el mundo. La diferencia es que, cuando cerramos la computadora, podemos estar frente al lago Ohrid, en una ciudad de Albania o en cualquier otro punto de la ruta.
Antes de reservar, pensamos cómo será la semana
Ya no elegimos un alojamiento solamente por la ubicación, la cocina o la vista bonita. Antes de reservar, intentamos imaginar cómo será trabajar allí durante varios días.
Miramos si hay una mesa real, no una repisa decorativa presentada como "espacio de trabajo". Revisamos los comentarios sobre el wifi, buscamos enchufes cerca y pensamos qué ocurrirá si los dos tenemos reuniones al mismo tiempo.
Una puerta que cierre puede terminar siendo más valiosa que un balcón.

Nuestro setup básico viaja con nosotros: computadoras, teléfonos, auriculares y algunos accesorios. Todo lo demás depende del lugar. La mesa, las sillas, la luz, el silencio y la distribución del espacio cambian cada vez.
A veces encontramos un departamento amplio en el que podemos trabajar cómodamente. Otras, decidimos que es mejor separar la casa de la oficina y buscamos un coworking.
No intentamos reproducir exactamente el mismo espacio en cada ciudad. Elegimos la base que mejor resuelve las semanas que tendremos por delante.
Cada opción resuelve algo y complica otra cosa
Un departamento ofrece cocina, más espacio y la posibilidad de trabajar sin salir. También implica hacer compras, cocinar, limpiar y ocuparse de pequeñas tareas que, sumadas, consumen bastante tiempo.
Un hotel simplifica esa parte de la vida. Sin embargo, una habitación puede dejar de ser cómoda cuando dos personas necesitan trabajar, descansar y tener reuniones en el mismo lugar.
En Macedonia del Norte, por ejemplo, elegimos un hotel precisamente por sus comodidades. Queríamos olvidarnos durante unos días de las compras, la cocina y la limpieza. Comer afuera no fue una consecuencia que tuvimos que soportar, sino parte de una decisión consciente para recuperar tiempo.
A la vez, no queríamos convertir la habitación en dormitorio, oficina y sala de reuniones. Por eso elegimos un coworking abierto las 24 horas, con buenas sillas, conexión estable y espacio suficiente para trabajar por separado.

La combinación funcionó porque cada lugar tenía una función clara. El hotel era para descansar. El coworking, para trabajar.
En otro destino podemos hacer exactamente lo contrario y elegir un departamento con una buena mesa. No somos fieles a un tipo de alojamiento. Primero pensamos qué necesitaremos y después elegimos la opción que mejor lo resuelva.
Suena muy organizado cuando lo cuento así. En la práctica, a veces nos encuentra ampliando una foto del alojamiento para intentar descubrir si eso que aparece junto a la ventana es un escritorio o una mesa en la que apenas cabe una taza.
Ser nómada digital depende de la tarea
No necesito las mismas condiciones para responder mensajes que para presentar una propuesta, escribir un artículo o tener una conversación importante con un cliente.
Para las reuniones buscamos silencio, privacidad y una conexión estable. Para las tareas que requieren concentración, intentamos proteger algunas horas sin interrupciones. Para leer, revisar algo o responder correos, una cafetería puede ser suficiente.
El coworking tampoco es una obligación en todos los destinos. Lo elegimos cuando necesitamos separar el descanso del trabajo, tener mejores condiciones o resolver el pequeño desafío de que dos personas compartan casa, proyectos y horarios sin escucharse repetir la misma presentación varias veces al día.
Trabajar en movimiento no significa forzar a todos los lugares a comportarse como una oficina. Significa entender qué podemos hacer bien en cada uno.
Nuestros calendarios viven en varios países
Nosotros podemos estar en los Balcanes, pero nuestros clientes y equipos están en varios países entre Estados Unidos, LATAM y Europa.
Eso exige algo más que configurar correctamente la zona horaria del calendario. Necesitamos organizar nuestros días para estar presentes cuando los demás nos necesitan, sin convertir cada jornada en una sucesión de reuniones dispersas desde la mañana hasta la noche.
Una llamada normal para alguien en México puede ser bastante tarde para nosotros. En otras ocasiones, toca empezar a trabajar a las cinco de la mañana. No suele ser la parte más atractiva del trabajo remoto: hay sueño, auriculares y unos segundos de esfuerzo para recordar en qué idioma comienza la primera conversación.
Por eso intentamos agrupar reuniones, proteger bloques de concentración y elegir espacios que nos permitan trabajar en horarios diferentes a los del país en el que estamos.
Un coworking abierto las 24 horas no significa que queramos trabajar durante toda la noche. Significa que nuestra jornada no siempre coincide con la de la ciudad que vemos por la ventana.
La flexibilidad geográfica funciona porque no la trasladamos como incertidumbre a nuestros clientes. Ellos saben cuándo estamos disponibles, las reuniones ocurren desde un lugar adecuado y el trabajo continúa con normalidad, aunque nosotros hayamos cambiado de país durante el fin de semana.
La carretera queda para el fin de semana
Los días de ruta tienen demasiadas variables como para tratarlos como jornadas laborales normales.
Antes de salir tenemos que guardar todo, revisar la carga, calcular el trayecto y ubicar los cargadores. Si cruzamos a otro país, también debemos considerar el paso fronterizo, los documentos y las posibles demoras.
Después toca encontrar el alojamiento, bajar las maletas, conectarnos al wifi y preparar nuestro nuevo setup.
Por eso viajamos los fines de semana. No organizamos una reunión desde el Tesla ni esperamos responder asuntos importantes mientras hacemos migraciones. Tampoco prometemos terminar algo "cuando lleguemos", porque llegar a otro país rara vez es tan simple como volver de hacer una compra.
El sábado o el domingo son para movernos, resolver la logística e instalarnos. Cuando comienza la semana, ya estamos en nuestra nueva base y preparados para trabajar.
Esto limita un poco el ritmo del viaje. No podemos avanzar cada vez que se nos ocurre ni improvisar todos los días. Pero también lo vuelve sostenible y nos permite cuidar la parte profesional que hace posible todo lo demás.
Sí, a veces trabajo remoto frente al mar
Ser nómada digital no consiste en cambiar una oficina por una sucesión de paisajes bonitos. Tampoco creo que, para demostrar que trabajo de verdad, tenga que aparecer siempre encerrada entre cuatro paredes.
No tendría una reunión con un cliente en un lugar con viento, ruido o una conexión inestable. Pero sí puedo escribir algunas ideas, leer o responder mensajes mientras tomo un café frente al agua.
A veces el sol no permite ver bien la pantalla, la batería dura menos de lo esperado y la mesa se mueve. Entre "no es el lugar adecuado para trabajar durante ocho horas" y "no se puede trabajar" existe una diferencia enorme.
La foto frente al mar es real. Lo que no muestra es el calendario organizado, el coworking reservado, las reuniones terminadas ni todo lo que hicimos antes para poder sentarnos allí sin dejar nada importante desatendido.
La libertad del trabajo remoto necesita estructura
El trabajo remoto hizo posible este viaje. Nos permite avanzar entre países sin poner en pausa nuestras carreras ni los proyectos que estamos construyendo.
Pero la libertad geográfica no elimina la necesidad de una rutina. La vuelve más importante.
Necesitamos comprobar la conexión, elegir bien cada base, proteger horarios y separar los días de trabajo de los días de ruta. También necesitamos dejar espacio para conocer los lugares, porque sería bastante absurdo recorrer el mundo para pasar todo el tiempo mirando la misma pantalla.
No buscamos automáticamente el alojamiento más barato, el más bonito ni el que se supone que debería elegir un nómada digital. Elegimos el que nos permite vivir bien, trabajar en buenas condiciones y mantener la calidad que esperan nuestros clientes.
Algunas semanas eso significa un departamento con cocina y una buena mesa. Otras, un hotel cómodo combinado con un coworking abierto las 24 horas. Y algunas tardes, cuando el trabajo está resuelto, significa abrir la computadora frente al mar.
Después quizá alguien vuelva a decirme en LinkedIn que desde allí no se puede trabajar.
Probablemente tenga razón si hablamos de pasar ocho horas frente a la pantalla.
Por suerte, nunca dije que lo hiciera.






