En pocas palabras
Sitges tiene una cosa rara: todo lo que hay para ver está disponible desde el primer día. Las playas, el paseo marítimo, las calles del centro, los cafés. Y aun así me costó tres meses entender qué tenía esa ciudad. Después de la magia de París en Navidad, nos estábamos mudando al lugar que sería nuestra base por los próximos tres meses.
Había quedado atrás la magia de París en Navidad: las luces, el ritmo, esa sensación de que todo estaba diseñado para sentirse especial. Íbamos rumbo al lugar que sería nuestra casa por los próximos tres meses.
Un destino donde lo único definido era cuánto tiempo nos quedaríamos. Y quizás por eso mismo tenía algo distinto desde el principio. Llegamos a Sitges después de unos días en Carcassonne, y esta vez no se trataba de descubrir un lugar nuevo, sino de seguir conociéndonos dentro de una rutina que todavía no existía.
Sitges tenía otra energía. No había escena navideña ni nada externo que marcara el tono de lo que estábamos viviendo. En sus calles conviven fachadas antiguas, cafés, turistas, vecinos e idiomas distintos, y una vida cotidiana que sigue su ritmo. Como si pudiera cambiar sin dejar de ser lo que es.
Aprender a habitar lo nuevo
Entre nosotros, algo empezó a volverse distinto. No era la intensidad de París: la intimidad tenía otra forma. Caminar sin apuro, mirar el mar, volver a casa, preparar unos mates y quedarnos hablando como si el día todavía tuviera algo para decirnos.
Había algo romántico ahí. No en lo extraordinario, sino en lo que empieza a sentirse propio con alguien. En la manera en que un lugar desconocido empieza a parecerse a casa: no por el lugar, sino por con quién lo estás viviendo.
Cuando dos mundos conviven
Con el tiempo entendí que Sitges me estaba mostrando algo que todavía no sabía nombrar. No es solo una ciudad bonita del Mediterráneo: lo antiguo y lo nuevo están ahí, uno al lado del otro, no siempre ordenados, pero conviviendo.
Y eso era lo que más resonaba conmigo. Porque adentro mío pasaba algo parecido: una parte se aferraba a lo conocido, a esa idea de estabilidad que había construido durante años; la otra ya no encontraba sentido en volver atrás. Una iba más rápido que la otra.
Por esos días, gran parte de mi foco estaba en el trabajo. Emprender se lleva mucha energía, incluso cuando todavía no sabés qué forma va a tomar; y, sin darme cuenta, era otra versión de lo mismo: soltar lo conocido para hacer lugar a algo que todavía no existía. A la vez, estábamos construyendo algo entre nosotros. No solo un viaje, sino una forma de vivir juntos.
Caminar para volver a mí
La idea de seguir moviéndonos, de recorrer el mundo en un Tesla, de diseñar una vida más nuestra que tradicional, empezaba a sentirse menos lejana y más concreta. Pero, como todo lo que vale la pena, no venía con instrucciones.
En la convivencia empezaron a aparecer esas pequeñas diferencias que forman parte de aprender a compartir una vida. Sitges estaba cerca de Barcelona, a apenas 30 minutos, pero para él no era simplemente un lugar al que habíamos llegado. Era parte de su historia. Allí tenía amigos, rutinas y hasta un club de fútbol que había fundado años atrás. Se movía por esas calles con la tranquilidad de quien conoce cada rincón.
Yo, en cambio, todavía estaba construyendo mi propio lugar allí. Venía de dejar atrás muchas certezas, intentando darle forma a una nueva etapa profesional y personal, mientras aprendía a habitar una vida que todavía estaba tomando forma.
Esa diferencia entre alguien que volvía a un lugar conocido y alguien que estaba aprendiendo a habitarlo también formaba parte de lo que estábamos construyendo juntos.
En medio de todo eso apareció algo que no esperaba: la necesidad de volver, aunque fuera por momentos, a ese lugar mío donde todo se acomodaba. No para alejarme, sino para escucharme. Para entender desde dónde estaba eligiendo.
Por eso algunos días caminaba sola. Sin buscar llegar a ningún lado, solo para volver a mí un rato. Terminaba casi siempre en la Iglesia de San Bartolomé y Santa Tecla, al borde del mar, expuesta, sin nada que la proteja del todo. Y, sin embargo, sigue ahí desde hace siglos.
No se mantiene en pie por ser invencible. Se mantiene porque aprendió a convivir con lo que cambia: el viento, el mar, el paso del tiempo. Nada de eso la borra; de alguna manera, también la va formando.
Lo que dura en el tiempo no permanece intacto. Se ajusta, cede en algunas partes, se afirma en otras. Y algo de eso empezaba a pasar entre nosotros.
Las historias de Sitges (y Sant Magí)
Sitges tiene algo particular: cada rincón parece guardar una historia. En los azulejos de las paredes, en las esquinas, en las puertas, en las texturas. Por momentos me quedaba pensando quién habría pasado por ahí antes.
Me daba curiosidad, y en vez de dejarlo pasar empecé a sacarles fotos y a preguntarle a ChatGPT de dónde venían. Así di con la historia de Sant Magí.
Un ermitaño cristiano que, según la tradición, vivía retirado en la Brufaganya, en Tarragona, hasta que los romanos empezaron a perseguirlo por no renunciar a su fe. Dicen que, cuando los soldados fueron a buscarlo, hizo brotar agua golpeando la tierra con su bastón; en algunas versiones, esa agua aparece para calmar la sed de los mismos hombres que lo llevaban a la muerte.
Lo matan. Y, sin embargo, la historia no termina ahí: todavía hoy, cada agosto, el agua de Sant Magí vuelve a la ciudad.
Como si no hablara solo de un santo, sino de algo más incómodo de ignorar: conservar lo propio, incluso cuando todo empuja para que lo sueltes.
No sé si fue la historia o el momento en que la encontré, pero se me quedó dando vueltas. Yo también estaba aprendiendo qué quería transformar y qué necesitaba conservar.
Lo que aprendíamos a sostener
No tenía la forma de estabilidad que yo conocía, pero había algo real en cómo nos íbamos encontrando: hablar antes de que el silencio acumulara tensión, adaptarnos sin tener que encajar en algo que no éramos, entender que muchas veces lo que desgasta no es un momento enorme, sino esas pequeñas cosas que necesitan ser habladas y ajustadas a tiempo.
Y estaba la forma en que lo atravesábamos juntos, incluso con todas las preguntas que yo todavía tenía.
Ahí empecé a entender que no se trataba de buscar certezas donde no las había. Se trataba de soltar lo que venía cargando y descubrir qué podía construirse con lo que sí había: con quien tenía al lado y con lo que todavía no sabía.
En esa salida de lo conocido aparecía algo más: confiar en que podía quedarme sin cargar lo que ya no iba conmigo.
Todo se movía, sí.
Pero tenía a Gonzalo al lado, una vida que empezaba a tomar forma de a dos y una certeza todavía tímida: no todo lo que te mueve el piso viene a desordenarte. Algunas cosas lo hacen para que puedas construir de otra manera.




