Que ver en Sarajevo: los lugares que mas nos marcaron de la capital de Bosnia
Historias del viaje
SarajevoBosnia y HerzegovinaCarla
4 abril 2026
por Carla

Que ver en Sarajevo: los lugares que mas nos marcaron de la capital de Bosnia

En pocas palabras

Cuando uno busca qué ver en Sarajevo, los nombres aparecen rápido: el Mercado de Baščaršija, el puente Latin Bridge, las cicatrices de bala en los edificios. Pero Sarajevo es de esos lugares que primero te incomodan y después se quedan. Nosotros llegamos con el plan claro. El plan, por supuesto, no resistió ni el primer día.

Habíamos decidido que el viaje empezara ahí. Después de varios meses en Sitges, la idea era subirnos al Tesla, cruzar Europa juntos y llegar a Sarajevo como primera parada. Al menos ese era el plan, hasta que nos pusimos a contar cuánto tiempo me quedaba dentro del espacio Schengen.

Gonzalo tiene ciudadanía española, así que para él los días no eran un problema. Yo tenía todos los papeles para tramitar la europea, pero nunca lo había hecho: una de esas cosas que una deja para más adelante, convencida de que todavía hay tiempo, hasta que el calendario decide recordarte que quizás no tanto.

Usamos exactamente las mismas fechas, pero su ChatGPT decía que mi día 90 se cumplía un día después que el mío. Con su cálculo podíamos salir juntos en el Tesla; con el mío, si esperaba, me arriesgaba a quedarme más tiempo del permitido. Reformulamos la pregunta, volvimos a preguntar y otra vez obtuvimos respuestas distintas. Como no parecía sensato poner a prueba a migraciones para saber cuál de las dos IA tenía razón, seguimos el mío.

Compré un vuelo a Sarajevo y Gonzalo arrancó desde España un viaje de cuatro días hacia los Balcanes. Cuando pasé por migraciones, el agente miró mi pasaporte y me confirmó que estaba saliendo justo el último día permitido. Habíamos hecho bien en no esperar.

El viaje que imaginábamos empezar juntos terminó arrancando por separado. Gonzalo me mandaba fotos hermosas desde la ruta, con paisajes cada vez más impresionantes a medida que se acercaba a los Balcanes, mientras yo llegaba sola a Sarajevo intentando convencerme de que mi parte también tendría algún encanto. Por el momento, no lo parecía.

El chip prepago no funcionaba, y apenas salí del wifi del aeropuerto me quedé sin internet. Negocié un taxi por 15 euros, convencida de haber conseguido un buen precio, hasta que descubrí que había pagado unas tres veces la tarifa local; el taxista también había terminado muy conforme. Para colmo, la dirección llevaba a la zona pero no a la puerta, y terminamos dando con la entrada preguntando a varios vecinos.

Mi camino hasta Sarajevo tuvo un vuelo improvisado, un chip inútil, un taxi demasiado caro y una entrada escondida. No era el comienzo que había imaginado, pero empezaba a sospechar que los planes servían sobre todo para ponernos en movimiento. Lo que ocurría después era lo que terminaba convirtiéndose en historia.

Carla y Gonzalo mirando la ciudad de Sarajevo desde un mirador, con el cementerio abajo

Tres presidentes para un solo país

Llegué a Sarajevo unos días antes que Gonzalo y empecé a caminarla sola. La recorría tratando de descifrarla: leía los carteles, buscaba el nombre de cada lugar que aparecía frente a mí y a veces terminaba con tres nombres nuevos, dos divisiones territoriales y más dudas que antes de empezar. Sarajevo parecía dispuesta a contar muchas cosas, pero no en el orden en que yo necesitaba entenderlas.

En pocas cuadras conviven mezquitas, iglesias católicas y ortodoxas, una sinagoga, edificios de herencia otomana y fachadas austrohúngaras. Todo compartiendo el mismo espacio con una naturalidad que contrastaba con mi esfuerzo por ordenar qué pertenecía a qué historia.

Viniendo de Latinoamérica, donde podemos discutir horas sobre un presidente pero seguimos pensando en una sola persona ocupando ese lugar, descubrir que Bosnia y Herzegovina tiene una Presidencia formada por tres miembros me descolocó. Uno representa a los bosníacos, otro a los croatas y otro a los serbios: los tres comparten la jefatura del Estado y la función de presidir va rotando entre ellos. No son tres presidentes que se reemplazan al terminar un mandato, sino tres personas ejerciendo al mismo tiempo, dentro de un sistema creado para sostener el equilibrio entre las principales comunidades del país.

Tuve que volver a preguntarlo porque pensé que había entendido mal. No era un problema de traducción ni de mi capacidad para seguir una explicación política antes del café: el sistema era realmente así de complejo.

También descubrí que “bosnio” y “bosníaco” no significan lo mismo, aunque antes de llegar probablemente los habría usado como sinónimos. Bosnio es cualquier ciudadano de Bosnia y Herzegovina. Bosníaco, en cambio, identifica a uno de sus tres pueblos constituyentes, junto con croatas y serbios.

Por qué me costó Sarajevo

Cuando Gonzalo llegó, Sarajevo le gustó desde el principio. A mí no me pasó lo mismo. Reconocía su importancia, veía todo lo que tenía para contar y entendía por qué a él le interesaba tanto, pero seguía observándola desde cierta distancia.

Los primeros días me sentí culpable por eso. Habíamos llegado a una ciudad con una historia fascinante y yo parecía estar esperando que me provocara algo que no aparecía. Después entendí que quizás no todo tenía que ver con Sarajevo.

Venía de despedirme de Sitges, donde después de varios meses ya no sentía que estuviéramos de paso. Teníamos una casa, una rutina y lugares que se habían vuelto familiares: sabíamos dónde comprar, por qué calles caminar y qué esperar de los días. Parece poco hasta que dejás de tenerlo. Hasta la comida me quedaba más cerca: sabores mediterráneos, platos conocidos, la tranquilidad de elegir algo sin investigar antes qué era o cómo se comía.

Irme me había generado un duelo pequeño, de esos que una casi siente que no tiene derecho a llamar duelo porque fue una misma quien eligió marcharse. Quería seguir viajando y estaba entusiasmada con lo que venía; al mismo tiempo, una parte de mí extrañaba la vida que acababa de dejar. Sarajevo me encontró justo ahí, y mientras Gonzalo veía una ciudad nueva, yo la comparaba con la que acabábamos de abandonar.

Viajar juntos también empezaba a mostrarnos eso: no siempre un lugar nos iba a gustar de la misma manera ni al mismo tiempo. A veces uno conectaba enseguida y el otro necesitaba varios días, otra ciudad o una conversación para descubrir qué se le había escapado. Compartir un viaje no significa tener la misma experiencia; a veces significa aceptar que la persona que tenés al lado está viendo algo que vos todavía no conseguís ver.

Empecé a acercarme a Sarajevo por cosas más pequeñas que su historia política. Una fue el café bosnio, servido en unas tacitas que me parecieron demasiado lindas como para terminarlo y seguir caminando como si no las hubiera visto. Quise llevarme unas, hasta que recordé el detalle evidente de que acabábamos de empezar un viaje largo y no era muy sensato llenar el Tesla de objetos en la primera ciudad.

Café bosnio servido en un juego de cobre tradicional, Sarajevo

Gonzalo encontró una solución que me encantó, sobre todo porque me permitía comprar igual: tener una caja en el auto, ir guardando ahí lo que encontráramos y, cuando estuviera llena, enviarla. Ese día decidimos coleccionar un imán de cada ciudad que visitáramos. De pronto ya no se trataba solo de comprar un recuerdo: después de dejar una casa y empezar una vida en movimiento, esa caja podía ser un lugar donde guardar pequeñas pruebas de que habíamos estado en alguna parte.

Quizás las casas también empiezan así. No siempre con una dirección fija, sino con las cosas que una decide conservar. Sarajevo todavía no me había conquistado, pero ya había conseguido que quisiera reservarle un espacio dentro del auto.

El Puente Latino: donde empezó la Primera Guerra Mundial

Sarajevo empezó a resultarme menos distante cuando dejé de exigirle que me provocara algo inmediato. Mientras la recorríamos, la historia aparecía en lugares que seguían formando parte de la vida cotidiana. No siempre había una entrada solemne, un monumento enorme o un cartel que avisara que ahí había ocurrido algo capaz de cambiar el mundo. A veces había simplemente un puente, gente cruzándolo y nosotros tratando de entender todo lo que había pasado alrededor.

Pasamos por el Puente Latino, cerca del lugar donde asesinaron al archiduque Francisco Fernando y a su esposa Sofía en 1914. Ese atentado fue uno de los hechos que desencadenaron la Primera Guerra Mundial, aunque el sitio se parecía poco a la escena monumental que yo habría imaginado para un momento histórico de esa magnitud. Era un puente integrado a la ciudad, con personas caminando de un lado al otro y siguiendo con su día.

Carla y Gonzalo en un puente sobre el río Miljacka, Sarajevo

Me sorprendía pensar que un lugar pudiera cargar con algo tan grande y, a la vez, seguir siendo parte del camino cotidiano de alguien que iba al trabajo o pensaba qué comprar para la cena. Creo que esperaba que los grandes hechos históricos vinieran con una escenografía a la altura: un monumento inmenso, al menos un cartel imposible de ignorar. Sarajevo me mostraba que no siempre funciona así. A veces el mundo cambia en una esquina que, años después, alguien cruza mientras mira el teléfono.

El Túnel de Sarajevo: así sobrevivió la ciudad

Fuimos también al Túnel de Sarajevo, construido durante el sitio de la ciudad (1992-1996) para mantenerla conectada con el exterior. Durante esos casi cuatro años, unos 400.000 habitantes quedaron expuestos a bombardeos y disparos, con el acceso a comida, agua, electricidad y medicamentos seriamente limitado.

El túnel fue excavado en 1993 bajo la pista del aeropuerto para unir la ciudad rodeada con el territorio que quedaba del otro lado. Por ahí pasaban personas, comida, medicinas, combustible y todo lo que Sarajevo necesitaba para seguir resistiendo. El museo funciona en la casa de la familia Kolar, donde estaba una de las entradas: después de la guerra, cuando gran parte del recorrido empezó a deteriorarse, la familia conservó un tramo y reunió objetos, imágenes y testimonios antes de que el lugar tuviera la estructura memorial que tiene hoy.

Carla y Gonzalo dentro del Túnel de Sarajevo

Me conmovió pensar que, antes de las instituciones y los recorridos para visitantes, hubo una familia que entendió que esa parte de la historia no podía desaparecer debajo de su propia casa. Una guerra puede parecer inmensa cuando se explica desde la política. Dentro de ese túnel, en cambio, se reducía a cosas básicas y brutales: comer, curarse, comunicarse con alguien, llegar al otro lado.

Después me quedé un rato mirando imágenes de la vida cotidiana durante el sitio. Había niños, familias y personas intentando seguir con actividades que, vistas desde afuera, parecían incompatibles con una guerra. Entre esas escenas apareció una pareja de recién casados.

Fotografía histórica expuesta en el Túnel de Sarajevo: una pareja de recién casados caminando durante el sitio Fotografía histórica expuesta en el Túnel de Sarajevo, con una mancha de sangre en el pavimento Fotografía histórica del concurso Miss Sarajevo Sitiada, expuesta en el Túnel de Sarajevo, con el cartel Don't let them kill us

Me quedé pensando qué lleva a dos personas a casarse mientras una ciudad está rodeada, cuando el futuro inmediato es tan incierto que ni siquiera sabés si vas a conseguir comida o si quien salió de casa podrá volver. No sé qué pensaban ellos ni por qué eligieron hacerlo justo entonces. Quizás casarse era una forma de negarse a entregar también esa parte de su vida.

A veces imaginamos el amor como algo que necesita condiciones ideales: una casa, cierta estabilidad, planes posibles. Pero esa pareja parecía decir otra cosa, aunque nunca supiera que décadas después una desconocida iba a quedarse mirándola en una pantalla. Quizás en los momentos más difíciles uno no se aferra a la vida porque tenga garantías, sino precisamente porque no las tiene. Casarse, celebrar algo o formar una familia puede ser una manera de seguir imaginando un mañana cuando el presente hace todo lo posible por quitártelo.

También vi fotografías de niños. En Sarajevo se recuerda especialmente a los 1.601 niños que murieron durante el sitio, dentro de un total de 11.541 civiles asesinados en esos casi cuatro años.

Mientras esos niños intentaban crecer dentro de una ciudad rodeada, yo también estaba creciendo en los años noventa, pero en Argentina y con todas las comodidades que entonces me parecían normales: comida, una casa, una familia y la tranquilidad de vivir mi infancia sin preguntarme si era peligroso salir a la calle. Yo no había hecho nada para merecer esa seguridad, del mismo modo que ellos no habían hecho nada para perderla.

Pensarlo volvía inútil cualquier intento de explicar la guerra solo a través de países, religiones o decisiones políticas. Al final, una parte de la historia era también esa diferencia absurda entre dos infancias que ocurrían al mismo tiempo, en el mismo mundo, sin parecerse en nada.

Sarajevo no había llegado a resultarme cercana, pero ya no podía mirarla desde la distancia con la que había aterrizado. Nos faltaban Mostar y Trebinje: dos ciudades que, después de mostrarnos cómo Sarajevo había sobrevivido, terminarían de enseñarnos cómo las divisiones de un país siguen apareciendo en sus puentes, sus calles y su vida cotidiana.

Continuará en: Mostar y Trebinje, dos formas distintas de entender Bosnia y Herzegovina.

Carla

Escrito por

Carla

Co-founder de EchoRoute. Comunicadora apasionada por las historias — documenta las vivencias y el lado humano de esta aventura en Tesla.

Consultora de posicionamiento de marca