París en navidad: todo encajaba menos yo
Historias del viaje
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24 diciembre 2025
por Carla

París en navidad: todo encajaba menos yo

En pocas palabras

Si hay un lugar donde la pregunta de qué ver en París en Navidad pierde todo el sentido de lista, es frente a la Torre Eiffel a medianoche del 31 de diciembre. Recibimos el 2026 sentados en el suelo, con una botella de vino, dos copas y unos dulces de un pequeño local del barrio. Frío, gente en todas partes, y esa sensación de que algo estaba empezando.

Año nuevo en París

Recibimos el 2026 sentados frente a la Torre Eiffel, con una botella de vino, dos copas y unos dulces que habíamos comprado en una tienda local.

Hacía frío, había gente por todas partes y llevábamos un buen rato mirando el reloj. Estábamos convencidos de que a las doce habría fuegos artificiales, pero no los hubo. La medianoche llegó mucho más tranquila de lo que imaginábamos y, durante unos segundos, se notó una pequeña decepción entre quienes estábamos allí.

Sin embargo, para nosotros esa noche significaba mucho. Brindamos por el año que empezaba, por la relación, por el viaje que nos esperaba con el Tesla y por todas esas decisiones que todavía no sabíamos muy bien cómo nombrar.

Cuatro meses antes

Nada de aquello formaba parte de mis planes. Yo pensaba que lo mejor era seguir con la vida que ya conocía, sin mover demasiado las cosas.

Durante mucho tiempo creí que vivir viajando y trabajando significaba alejarse de una “carrera seria”. Trabajé más de diez años en la Justicia, en uno de esos puestos en los que muchas personas entran y se quedan hasta jubilarse. Hasta que entendí que la seguridad tampoco servía de mucho si la vida que protegía ya no me entusiasmaba, y que también podía venir de confiar en mi propia capacidad.

Entonces cambié. Empecé a trabajar de manera remota en recursos humanos, comunicación y marca personal, y fui construyendo una carrera que también me permitía viajar durante períodos más largos. No empecé de cero, aunque durante un tiempo lo sintiera así.

A finales de 2025 estaba cómoda. Tenía una rutina, un trabajo que me gustaba y una estabilidad que me había costado construir después de aquel gran cambio.

Sin embargo, algunos deseos seguían ahí. Volvían las ganas de viajar más, de construir algo propio y, quizás, de compartir el camino con alguien.

Venía de viajar bastante y de atravesar momentos en soledad que me habían marcado. Uno de ellos fue aquella Navidad en la que decidí recorrer Nueva York por mi cuenta, una experiencia que terminó convirtiéndose en uno de los momentos más felices del año. En esos viajes confirmé algo que ya intuía: que había una parte de mí que se sentía muy viva cuando estaba descubriendo el mundo.

Al mismo tiempo, sentía que esta vez tocaba quedarse, sostener y no desordenar lo que ya había construido. Pero también empezaba a preguntarme cuánto tiempo más podía seguir allí sin sentir que estaba dejando algo pendiente.

Sabía que una podía cambiar de vida sin borrar todo lo anterior, pero también sabía cuánto costaba. Todavía no lo decía en voz alta, aunque empezaba a sospechar que mi nueva idea de estabilidad podía convertirse en otra forma de quedarme quieta.

Y alguien a quien acababa de conocer pareció verlo con claridad antes que yo.

Primera cita con Gonzalo

Fue durante esos meses cuando conocí a Gonzalo. Nos vimos en Palermo, con vino de por medio, en una primera cita sin demasiadas expectativas. Una de esas en las que dos personas se sientan frente a frente, hablan de sus vidas y se observan un poco, tratando de descubrir si tienen cosas en común y ganas de volver a encontrarse.

En medio de la conversación, con total naturalidad, Gonzalo dijo: “Vos vas a emprender”. Me quedé unos instantes en silencio. No fue solamente lo que dijo, sino la tranquilidad con la que lo hizo. Todavía no conocía todos mis miedos, mis vueltas ni las razones que encontraba para posponerlo. Aun así, habló como si estuviera nombrando algo evidente.

Me reconocí inmediatamente en sus palabras. Yo sabía que quería hacerlo, pero llevaba tanto tiempo rodeando aquella idea, de dudas, que había empezado a verla como algo lejano. Desde esa noche me resultó un poco más difícil seguir fingiendo que lo que quería podía esperar indefinidamente.

No tomé una gran decisión al día siguiente ni transformé mi vida de inmediato. Gonzalo me apoyó desde el principio, mientras yo intentaba entender qué forma podía tener todo aquello. Por entonces, lo importante no era saber exactamente cómo hacerlo, sino empezar a aceptar que realmente quería hacerlo.

Si tuviera que decir qué fue lo que más me gustó de él aquella noche, probablemente elegiría lo menos evidente: hacía muy buenas preguntas.

Me encontré hablando de mí con una naturalidad que no sentía desde hacía mucho tiempo. No parecía preguntar solo por curiosidad ni mientras esperaba su turno para hablar. Prestaba atención a las respuestas y quería entender lo que había detrás.

Con el tiempo entendí que eso era parte de lo que me hacía sentir tan cómoda con él. Recordaba lo que yo decía, se interesaba por aquello que no terminaba de explicar y no intentaba completar mi historia antes de conocerla.

Las citas siguieron

Hubo cenas, salidas al teatro y conversaciones que siempre duraban más de lo previsto. Algunas veces Gonzalo venía a casa por un rato y, cuando mirábamos la hora, ya era demasiado tarde para seguir fingiendo que solo había pasado a verme un momento.

Nos fuimos conociendo así, casi sin darnos cuenta. En las horas que se escapaban, en las preguntas que llevaban a otras preguntas y en esa confianza un poco desconcertante que aparece antes de que una pueda explicar de dónde salió.

También empezaron a aparecer las costumbres. Cómo organizaba cada uno el día, cuánto silencio necesitábamos, qué cosas hacíamos sin pensar y cuáles podían irritar discretamente al otro.

No hubo una única conversación en la que decidimos que estábamos construyendo algo. Hubo cenas que se alargaron, planes que empezaron a darse por hechos y muchas noches en las que ninguno parecía tener demasiado apuro por despedirse.

En aquel momento todavía no sabíamos que yo iba a emprender. Tampoco sabíamos que, mientras hablábamos de proyectos, viajes y otras formas de vivir, empezábamos a hacernos un lugar en la vida del otro.

Simplemente empezamos a contar con el otro.

Gonzalo se iba a Tailandia

Cuando conocí a Gonzalo, él ya tenía pasajes para viajar a Tailandia en noviembre. Quería conocer Asia y era un viaje que había planeado antes de que yo apareciera.

No recuerdo exactamente cómo salió el tema, pero sí lo que le dije: “Si te vas ahora, no nos va a dar tiempo de conocernos”. No se lo dije para que cancelara el viaje ni como una prueba para ver qué hacía. Nos conocíamos desde hacía muy poco y yo tampoco tenía claro qué podía pasar entre nosotros.

Solo sentía que, si se iba en ese momento, algo que acababa de empezar podría terminar antes de que alcanzáramos a descubrir qué era.

En una de nuestras conversaciones, Gonzalo me dijo que quería seguir conociéndome. Reconocía que aquello podía salir bien o mal, pero quería darse la oportunidad de averiguarlo.

El viaje quedó suspendido y nosotros continuamos viéndonos durante ese mes. Un tiempo después, una noche en casa, le pregunté: “¿Y si pasamos Año Nuevo en otro lugar?”.

La pregunta salió casi como un juego. Empezamos a fantasear con destinos. Todavía nos estábamos conociendo, pero ya hablábamos de viajar como si esa versión de nosotros existiera desde antes.

Así apareció París.

El viaje juntos

A mí me entusiasmaba la idea, aunque también me daba bastante vértigo. Una cosa era salir a cenar, ir al teatro o pasar noches hablando hasta que se hiciera tarde. Otra era hacer una valija y descubrir cómo nos llevábamos lejos de nuestras rutinas, cuando no hay una casa propia a la que volver después de una discusión ni demasiado espacio para esconder las manías de cada uno.

Pero fuimos.

Viajar juntos también era una forma bastante acelerada de conocernos. En pocos días aparecían el cansancio, las decisiones pequeñas, las esperas y esas costumbres que durante una cita todavía pueden mantenerse discretamente bajo control. No había demasiado tiempo para preparar una versión más amable de nosotros mismos.

París estaba iluminada por Navidad, hacía frío y las calles estaban llenas. Caminábamos mucho, entrábamos en los cafés para calentarnos y seguíamos hablando de viajes, proyectos y de cómo nos gustaría vivir si no tuviéramos que hacerlo exactamente como se suponía.

Brindamos por lo que empezó.

Y por todo lo que todavía no sabemos cómo sigue.

Carla

Escrito por

Carla

Co-founder de EchoRoute. Comunicadora apasionada por las historias — documenta las vivencias y el lado humano de esta aventura en Tesla.

Consultora de posicionamiento de marca