En pocas palabras
El Stari Most, el puente medieval de Mostar, es probablemente lo primero que aparece cuando uno busca qué ver en Bosnia. Pero Mostar y Trebinje juntas cuentan algo distinto a lo que se alcanza a ver en una tarde de turismo. Llegamos desde Sarajevo, que nos había dejado más preguntas que respuestas, y lo que encontramos en Herzegovina fue otra capa de esa historia que habíamos empezado a entender.
Sarajevo nos había dejado más preguntas que respuestas. Habíamos descubierto un país con una Presidencia formada por tres miembros, identidades culturales representadas dentro de su organización política y una historia reciente que seguía presente sin dominar cada momento de la vida cotidiana.
Bosnia y Herzegovina no son dos países. Son dos regiones históricas y geográficas dentro de un mismo territorio. Bosnia ocupa principalmente el norte y el centro, mientras que Herzegovina se extiende por el sur, con un paisaje más mediterráneo, montañoso y atravesado por los valles de sus ríos.
Sarajevo está en Bosnia. Mostar y Trebinje, en Herzegovina.
Antes de llegar a Mostar, en el camino con el Tesla, paramos en un lugar que no estaba en ningún plan: Konjic. Fue ver el puente sobre el río, con una iglesia al lado, y quedarme sin palabras. Parecía sacado de otro lugar.
Gonzalo quería seguir. Todavía nos quedaba ruta y Mostar por delante. Pero insistí, le pedí que paráramos aunque fuera un rato para un café, y terminó cediendo. Creo que, en el fondo, le gustó darme el gusto.
Ese desvío de unos minutos me reconectó con una de las razones por las que viajo: dejarme maravillar por algo que no vi venir.
Llegamos a Mostar, la conocimos en la voz de un guía local
Para recorrer Mostar buscamos un guía local, queríamos escuchar la historia de boca de alguien que también pudiera contarnos cómo era vivir allí. Él era de ascendencia croata e italiana, hablaba español y llevaba 20 años viviendo en Mostar, algo que le dio a la conversación matices que los datos por sí solos no alcanzan.
Fue él quien nos ayudó a ver la segunda capa del mapa. Después de la guerra, el país quedó organizado en dos entidades: la Federación de Bosnia y Herzegovina, de mayoría bosníaca y croata, y la Republika Srpska, de mayoría serbia, a las que se suma el distrito autónomo de Brčko. Las regiones históricas y las entidades políticas se superponen, pero no coinciden: podíamos estar en Herzegovina y, según la ciudad, encontrarnos dentro de una u otra entidad.
Nos hablaba de sus barrios, de las diferencias que todavía asoman y de lo que significa convivir con una historia que desde afuera solemos resumir en fechas, religiones o bandos. Durante la guerra, Mostar quedó partida en dos: una zona occidental de mayoría croata y otra oriental de mayoría bosníaca, con el río Neretva marcando una fractura mucho más honda que la del mapa.
Todavía se notaba. Aunque buena parte de la ciudad está reconstruida, muchas fachadas seguían picadas por los agujeros de bala y de metralla, y quedaban edificios enteros abandonados, vacíos desde entonces. Él nos explicó que eran cicatrices de la guerra de Bosnia (1992-1995), y en particular de los combates que entre 1993 y 1994 partieron Mostar en dos.
Nos dijo que en la parte croata, donde él vivía, los servicios eran de mejor calidad que en la bosníaca, en parte por ser una zona de mayor poder adquisitivo, en parte por el histórico apoyo desde Croacia y unas instituciones propias mejor financiadas, y que, aunque hoy vecinos y turistas cruzan los puentes a pie o en auto con total libertad, persiste una especie de línea imaginaria: cada población tiende a quedarse de su lado.
El ejemplo que nos dio me impactó, dijo: "si un croata se siente mal estando del lado bosníaco, igual cruza para atenderse en el hospital croata, y un bosníaco hace lo mismo del otro lado".
La división ya no es militar; es humana y administrativa. Buena parte de los servicios públicos de Mostar están duplicados: dos empresas de autobuses con estaciones a cada lado, dos servicios de recolección de basura, dos correos, incluso dos hospitales.
No pretendía hablar por toda la ciudad: era su mirada, atravesada por su propia historia y por la experiencia de vivir en Mostar. Justamente por eso nos interesaba.
Escuchar que la división había llegado al extremo de separar hasta los sistemas de salud me dio una tristeza real. Las heridas del cuerpo parecen curarse mucho antes que las heridas del tejido social.
Stari Most: el puente viejo de Mostar y su historia
El Stari Most había unido la ciudad durante siglos antes de ser destruido en 1993. Después de la guerra fue reconstruido y hoy vuelve a conectar las dos orillas, convertido también en la imagen que casi todos asociamos con Mostar.
Cuando lo vi entendí por qué todos querían fotografiarlo. El arco sobre el agua, las calles de piedra y las montañas alrededor formaban una escena difícil de ignorar.
Pero lo que realmente me impactó fue conocer su pasado de conflicto.
Después de escuchar al guía, ya no podía mirarlo solamente como una postal bonita. Había turistas buscando el mejor ángulo, personas cruzando de un lado al otro y una ciudad funcionando alrededor, mientras yo pensaba en todo lo que ese puente había visto y en lo que había dejado de conectar durante la guerra.
El puente volvía a unir las dos orillas, pero eso no significaba que todo lo que se había separado alrededor también estuviera completamente reparado. La convivencia no siempre significa que las diferencias desaparecieron. A veces significa compartir una ciudad, instituciones y una vida cotidiana, aunque cada comunidad conserve una memoria diferente de lo ocurrido.
Desde Latinoamérica solemos pensar las divisiones políticas como enfrentamientos entre partidos, clases sociales o proyectos económicos. En Bosnia y Herzegovina, la identidad cultural y étnica forma parte de la propia organización del Estado.
Nos costaba entenderlo porque era complejo, pero también porque intentábamos interpretarlo desde una lógica que conocíamos y que allí no siempre alcanzaba.
De camino de Mostar a Trebinje paramos en las cascadas de Kravica. No hacía falta mucho más que eso: bajamos del Tesla, cebamos unos mates y nos quedamos un rato mirando el agua caer antes de seguir viaje.
La flexibilidad que nos da viajar en el Tesla es justamente eso: parar sin razón, tomar mate frente a algo lindo, y seguir.
Trebinje y la Republika Srpska: cuando dejamos de interpretar todo
Después de la belleza de Mostar, Trebinje apareció con otra energía. Seguíamos en el sur de Herzegovina, pero habíamos entrado en la Republika Srpska.
Era el mismo país y la misma región histórica, aunque otra entidad política. Recién entonces el mapa dejó de parecerme una explicación abstracta.
No llegamos a Trebinje con una lista interminable de lugares que visitar. Llegamos en una etapa en la que necesitábamos trabajar más, cumplir horarios y recuperar cierta rutina. El viaje seguía avanzando, aunque muchos días transcurrieran frente a una computadora.
El Airbnb quedaba un poco a las afueras, a veinte minutos caminando del centro, pero la decoración nos encantó, todo muy estético, de esos lugares que dan ganas de sacar fotos apenas entrás.
Ahí pasamos la mayor parte del tiempo trabajando. Yo hacía el café a la mañana, Gonzalo arrancaba con los mates un rato después, todavía no había traído mi propio equipo desde Buenos Aires, así que compartíamos el de él, aunque para mí el mate sigue siendo casi obligatorio. A veces trabajábamos los dos ahí mismo, y cuando a alguno le tocaba una llamada, el otro agarraba la laptop y se iba a tomar algo a algún café cerca, terminamos eligiéndolos más por cercanía que por otra cosa.
Empezamos a repetir lugares y a ver cómo se vivía ahí.
Ya no importa solamente dónde está el monumento más conocido. También importa dónde comprar comida, qué café tiene buen internet o qué recorrido se repite cuando hace falta despejarse después de varias horas trabajando.
Trebinje nos mostró una Bosnia y Herzegovina más local, menos explicada y menos preocupada por mostrarse. Después de Sarajevo y Mostar, dos ciudades que nos habían obligado a mirar la historia, allí pudimos observar cómo continúa la vida cuando nadie está intentando contarla para un visitante.
Después de Trebinje seguimos hacia Montenegro. Nos fuimos de Bosnia y Herzegovina sabiendo bastante más que cuando llegamos, pero sin sentir que ya podíamos explicarla por completo.
Próximo destino: Montenegro.




