Montenegro: Budva, Kotor, Perast y el lugar donde empezamos a ver lo mismo
Historias del viaje
Budva, Kotor y PerastMontenegroCarla
10 mayo 2026
por Carla

Montenegro: Budva, Kotor, Perast y el lugar donde empezamos a ver lo mismo

En pocas palabras

Montenegro te lleva del mar al cañón en dos horas de ruta. Kotor, Budva, Perast: cada ciudad tiene su propio ritmo, y lo que hay para ver cambia tanto de una a otra que cuesta creer que son el mismo país. Llegamos sin plan fijo, con la fecha de vuelta a Buenos Aires ya comprada, y con muchas conversaciones pendientes sobre qué queríamos hacer después.

Habíamos salido de Buenos Aires con una fecha de regreso. La idea original era bastante más planificada de lo que terminó siendo: viajar durante 90 días, recorrer algunos lugares, probar cómo nos sentíamos viviendo de otra manera y, después, ver cómo queríamos seguir a partir de ahí.

El problema fue que, en algún momento, me empecé a sentir demasiado feliz viajando junto a Gonzalo. Y cuando llegaron los 90 días, no teníamos muchas ganas de que aquello terminara. Por eso salimos de la zona Schengen y nos fuimos hacia Bosnia. La explicación oficial eran los días. La verdadera: teníamos ganas de seguir.

Bosnia fue parte de esa extensión y Montenegro sería el último destino antes de volver a Buenos Aires. Antes de salir, yo tenía muy presente el miedo a renunciar a la estabilidad de la rutina conocida. Esa vida que a veces me pesaba, pero que al menos sabía cómo funcionaba. Tenía horarios, lugares, y una idea bastante clara de cómo sería el día siguiente, además de familia y amigas que son como familia y a las que sospechaba que extrañaría muchísimo.

Y creo que una de las cosas que más necesitaba descubrir era si Gonzalo y yo realmente estábamos caminando hacia el mismo lugar. Viajar en pareja hacía que esa pregunta fuera inevitable. No hubo una charla puntual donde lo resolviéramos. Fueron muchas conversaciones largas y tendidas sobre cómo entendía la vida cada uno.

Así nos habíamos conocido, de hecho. Cuando apareció Gonzalo, acababa de dejar su casa de Badalona, la que había sido su hogar durante muchos años, y había dejado el Tesla guardado en un garaje para volver a Buenos Aires. Yo le decía, medio en broma, que era un "sin techo": mi forma simpática de señalar que él ya había tomado la decisión de dejarlo todo. La broma era más literal de lo que yo pensaba en ese momento.

Tiempo después entendí que eso que tanto miedo me daba era, en realidad, una forma de libertad que yo también quería experimentar.

En esta etapa empezábamos a descubrir que nuestros motivos se parecían mucho más de lo que imaginábamos. No teníamos todas las respuestas, pero queríamos encontrarlas viajando.

No se trataba solamente de conocer países, sino de empezar a construir un proyecto compartido.

Esto que estás leyendo es parte de eso.

Yo quería volver a conectar con mi pasión por escribir y encontrar una manera de convertir todo lo que estaba viviendo en una historia, mientras empezaba también mi propia empresa de consultoría de marca y comunicación.

Gonzalo tenía sus proyectos y sus propias formas de mirar el mundo. Y, de alguna manera, empezamos a funcionar como dos personas que se empujaban mutuamente. A veces uno tenía más energía y el otro necesitaba que lo empujaran. A veces era al revés. Pero había algo muy valioso en descubrir que queríamos construir desde el mismo lugar.

Budva: el último destino antes de volver a Buenos Aires

Selfie de pareja llegando a Budva, Montenegro, con el mar de fondo

Después de Bosnia llegó Budva, nuestro último destino de esta extensión del viaje que había comenzado en diciembre de 2025.

El camino fue de esos que hacen que una decisión parezca especialmente buena. Montenegro empezaba a aparecer delante nuestro con esas montañas espectaculares con mar de fondo. En algún momento paramos en un lugar con unas vistas increíbles.

Pareja en un mirador de montaña con vista a la costa de Montenegro

Gonzalo sacó el dron. El dron es, para él, una especie de juguete de adulto. Y probablemente no haya demasiadas cosas que lo entusiasmen tanto como encontrar un paisaje en el que pueda sacarlo a volar.

Gonzalo con el dron en la ruta hacia Budva

Se puso como esos chicos que buscan la atención de alguien: me pidió que sacara el mate. Ahí entendí que la parada iba para largo. Yo lo miraba mientras cebaba y pensaba que quizás eso también era parte de nuestro viaje: tener tiempo para detenernos en un lugar cualquiera simplemente porque nos gustaba lo que estábamos viendo.

No había una visita obligatoria. No teníamos que llegar a ningún museo antes de que cerrara. Podíamos simplemente parar, tomar unos mates, y después seguir. Budva nos esperaba unos kilómetros más adelante y era realmente hermosa. El calor ya empezaba a hacerse sentir y, por unos días, nuestra vida volvió a parecer bastante sencilla: playa, trabajo y el Adriático como paisaje.

Trabajando con la laptop frente al mar en Budva

Trabajar con el mar delante podía sonar como una de esas cosas que una dice que quiere hacer algún día, hasta que de repente está ahí: abriendo la computadora mientras el calor empieza a subir, el agua brilla y sobre la mesa aparece una piña colada, que por esos días se había convertido en mi antojo fijo.

Hubo una tarde en la que salí sola y me crucé con una boda en Budva. Me quedé un rato mirándolos de lejos, como si fuera una postal, sin pensar demasiado en nada más.

Boda junto a una iglesia de piedra sobre un acantilado en Budva

En otro de esos paseos me encontré con un castillo de princesa, de esos que arman para que los chicos jueguen. A veces me agarraba un poco de nostalgia pensando en la gente que quería y que no tenía cerca, y ese día pensé especialmente en la hija más pequeña de una amiga. Le saqué una foto y le grabé un video para mandárselo. Por un momento me dieron ganas de estar en Buenos Aires y compartir esas pequeñas cosas que me estaba perdiendo.

Castillo de princesa en una playa de Budva

Y a la vez pensaba que tampoco quería irme. Quería estar allá y quería quedarme acá. A veces incluso las dos cosas al mismo tiempo. Supongo que esa era una de las partes más extrañas de estar viviendo todo aquello.

Las ganas de quedarme ya no eran solamente por Budva. Creo que empezaban a ser por esa forma de vida que estábamos probando juntos.

Kotor y Perast: los gatos, la boda y las murallas que quedaron pendientes

Esa forma de vida también nos daba esto: un fin de semana, sin mucho plan, decidimos subirnos al Tesla y recorrer Kotor y Perast, dos pueblos sobre la misma bahía que parecían sacados de otro siglo. Teníamos apenas unas horas, así que hicimos lo que muchas veces pasa cuando uno viaja: intentar ver demasiado en demasiado poco tiempo.

Kotor me fascinó desde que entramos al casco antiguo. Caminar entre esas calles de piedra, con las murallas subiendo por la montaña y la fortaleza vigilándolo todo desde arriba, hacía difícil pensar que estábamos pisando un lugar con más de 2.100 años de historia. Y, entre tanta historia, aparecían los gatos. Estaban por todas partes, en las plazas, en los portales, debajo de las mesas, como si el pueblo fuera suyo y nosotros simplemente estuviéramos de visita. Después entendimos que los locales los cuidan, les dejan comida y agua y hasta tienen un Museo de los Gatos.

Plaza del reloj en el casco antiguo de Kotor, Montenegro

En un momento se nos cruzó uno negro. En la cultura popular eso suele ser mala suerte, pero ahí no: el símbolo oficial de Venecia, que gobernó Kotor durante siglos, es un león, y con el tiempo los lugareños empezaron a ver a los gatos como una especie de leones domésticos. Hoy los consideran un símbolo de prosperidad, resistencia y buena suerte.

Fortaleza de Kotor reflejada en el canal

Kotor podía tener murallas, iglesias y una fortaleza impresionante, pero los verdaderos dueños parecían ser ellos.

Después seguimos hacia Perast. Bajamos caminando hasta la iglesia del pueblo y justo en ese momento estaba pasando una boda. Gonzalo me contó que allí van muchas parejas a casarse y nos quedamos mirándola desde lejos. Terminamos hablando de qué significaba para cada uno casarse. Yo ya me había casado una vez, aunque sin fiesta y en plena pandemia. Gonzalo no es muy de ceremonias religiosas, pero la idea de celebrar y comprometerse con alguien también le parecía bonita.

Es inevitable pensar en mi propia historia cuando veo algo así. Una pareja casándose siempre me recuerda que nadie entra a un matrimonio pensando que algún día va a terminar, y yo tampoco lo hice. Pero a veces las personas crecemos en diferentes direcciones, y uno de los duelos más importantes es aceptar lo que no pudo ser. Es una historia que quiero y respeto por lo que fue.

Hoy me emociona pensar en lo que tengo por delante. En todo lo que podemos construir juntos Gonzalo y yo.

Perast nos recibió con esa calma que aparece justo cuando sabés que tenés que seguir viaje. Las montañas cayendo sobre el agua, las pequeñas islas frente al pueblo y las casas de piedra que veíamos mientras tomábamos unos mates.

Pareja al atardecer frente al agua en Perast

Nos fuimos de allí con dos pendientes para otra vez: subir las murallas de Kotor y sentarnos a cenar frente al mar en Perast.

Pareja con el Tesla y unos mates en una calle de piedra de Perast

La leyenda de la bailarina de Budva

En Budva hay una bailarina que lleva más de medio siglo mirando el mar.

Estatua de la bailarina de Budva al atardecer

La encontramos en una roca, camino a la playa de Mogren. Hay una leyenda que dice que una joven esperaba allí a su amado, un marinero que se había ido con la promesa de regresar. Ella volvió una y otra vez a ese mismo lugar para mirar el horizonte hasta que, según cuentan, murió esperando.

La historia es romántica, pero mientras la escuchaba no podía dejar de pensar en otra cosa. Qué extraño dedicar tanto tiempo a esperar que algo vuelva. Porque yo también estaba por volver, pero empezaba a entender que no quería volver a ser exactamente la misma persona que había salido de Buenos Aires unos meses antes.

Había pasado gran parte de mi vida construyendo estabilidad, haciendo lo que se suponía que tenía sentido, siguiendo caminos que parecían razonables. Y, sin embargo, en aquel viaje había descubierto algo que no estaba buscando: me gustaba no saber exactamente qué venía después.

Me gustaba escribir. Me gustaba mirar un paisaje y tener tiempo para quedarme ahí. Me gustaba descubrir que podía vivir con menos certezas de las que creía necesitar.

Y, sobre todo, me gustaba esta versión de mí que aparecía cuando dejaba de intentar controlar todo. Quizás por eso la Bailarina me quedó dando vueltas.

Ella miraba hacia el horizonte esperando que alguien regresara. Yo empezaba a mirar hacia mí.

No sabía todavía qué significaba eso. Tampoco sabía cuánto de aquella vida quería llevarme de vuelta a Buenos Aires y cuánto iba a dejar en el camino. Pero ya no quería esperar a que el viaje terminara para descubrirlo.

Podgorica y la despedida del Tesla

El viaje tenía una fecha de regreso. Y esta vez sí teníamos que respetarla. Desde Budva fuimos hacia Podgorica, y el camino volvió a recordarnos que en Montenegro las distancias no se miden solamente en kilómetros. A medida que nos alejábamos de la costa, la carretera ganaba altura y las vistas cambiaban completamente.

Era como si el paisaje también estuviera haciendo la transición con nosotros.

Budva quedaba atrás. Buenos Aires empezaba a aparecer adelante.

Podgorica fue apenas una parada de unos días antes de volver. No encontré en ella la misma belleza que había encontrado en otros lugares del viaje.

Es una ciudad que quedó casi destruida por completo en la Segunda Guerra Mundial, y gran parte de lo que se ve hoy se reconstruyó después. Eso también le da una sensación extraña: parece una ciudad vieja que, en realidad, tuvo que volver a empezar.

Y nosotros estábamos haciendo algo parecido.

Antes de irnos, llevamos el Tesla a lavar para dejarlo impecable antes de guardarlo. En Argentina estaba acostumbrada a los lavados más artesanales y yo no tenía mucha idea de cómo se lavaba un Tesla. Gonzalo, en cambio, apareció con un arsenal de productos específicos, casi uno para cada parte del auto. Me causó gracia, pero la verdad es que quedó impecable.

Gonzalo lavando el Tesla en un túnel de lavado en Podgorica

Después encontramos un lugar cerca del aeropuerto donde una familia se dedicaba a cuidar autos. No había muchas opciones y decidimos confiar. Y demostraron que habíamos elegido bien: nos mandaban fotos cada tanto y hasta le pusieron un cobertor para protegerlo. Fueron de una atención y una hospitalidad que no esperábamos, y ahí se quedaría el Tesla durante aproximadamente dos meses y medio, hasta nuestro regreso.

Captura de WhatsApp con fotos del Tesla cubierto en Podgorica

El Tesla quedó estacionado. Las maletas volvieron a cerrarse.

Y nosotros tomamos el avión hacia Buenos Aires.

Volvíamos a casa, pero solo por un rato. Nos esperaba una mudanza, una casa por desarmar y una vida que ya habíamos decidido volver a poner en movimiento.

Carla

Escrito por

Carla

Co-founder de EchoRoute. Comunicadora apasionada por las historias — documenta las vivencias y el lado humano de esta aventura en Tesla.

Consultora de posicionamiento de marca