Mi primer mes de vuelta a vivir en Argentina y un viaje inolvidable por Salta, Jujuy y las Salinas Grandes

26 jul 2025

Volver después de 20 años no es solo cambiar de país

Hace un mes volví a vivir a Argentina después de más de dos décadas en Europa, y aunque ya conocía el terreno, volver como residente fue muy distinto a venir de vacaciones. A veces todavía me despierto sin saber bien dónde estoy. Extraño cosas de Barcelona, claro, pero también estoy redescubriendo muchas que había dejado atrás.

La diferencia ahora es que no hay una fecha de regreso. Estoy acá para quedarme. Me reencuentro con costumbres, sabores, ritmos y también con el desafío de adaptarme a un país que, aunque es el mío, cambió. Pero lo principal es que me siento bien con la decisión, y que, incluso trabajando remoto, la vida siguió su curso. No fue una catástrofe. Fue una transición.


Salta y Jujuy: un viaje para observar, no solo para hacer turismo

Apenas pude, armé un viaje por el norte. Era algo que siempre quise hacer, y por algún motivo, sentí que era el momento justo. Salí desde Salta capital, donde pasé los primeros días recorriendo el centro, caminando sus plazas coloniales y subiendo al Cerro San Bernardo —sí, lo hice caminando, más de 1000 escalones que arrancan desde el Parque San Martín, una experiencia que cuesta pero vale cada paso por la vista y el silencio que te acompaña en la cima.

Desde Salta agarré el auto y puse rumbo hacia Tilcara, atravesando paisajes que cambian a cada curva. En el camino me bajé varias veces a contemplar las vistas: montañas verdes, tramos rojos, el tren abandonado, y esa sensación de que cada kilómetro es diferente al anterior.

En Tilcara visité el Pucará, una antigua fortaleza construida por los pueblos originarios hace más de 900 años. Caminé por las ruinas, vi restos de viviendas, corrales y tumbas, y sentí muy fuerte el contraste entre lo ancestral y lo actual. Después de eso, me senté en la plaza, me hidraté —porque la altura se nota— y probé comida local tradicional, como empanadas, tamales y queso de cabra. Y sí, fue la primera vez que viajé solo: sin negociar con nadie, sin compartir planes, sin tiempos prestados. Solo yo, el viaje y el silencio. Es otra manera de vivirlo, más introspectiva, más libre.

Luego bajé hasta Purmamarca, un lugar que ya conocía por fotos, pero que me impactó aún más en persona. Es un pueblo pequeño, pero lleno de vida y color. Me quedé a pasar la noche, y aproveché para probar algo que nunca había comido: milanesa de llama. La pedí en un puesto local en la calle, mientras charlaba con una señora que ya me había dicho en un video anterior: “¡Volvé, volvé!”. Y ahí estaba.

Al día siguiente hice el recorrido completo de 3 kilómetros alrededor del Cerro de los Siete Colores, un sendero que te rodea el cerro por completo y te muestra distintos ángulos y tonalidades a cada paso: rojos, violetas, verdes, ocres. No hace falta filtro, todo parece pintado a mano. Es geología pura, millones de años comprimidos en una postal viva. Purmamarca me marcó, sin duda fue uno de los puntos más potentes de todo el viaje.


Las Salinas Grandes: donde el cielo y la tierra se funden

Desde Purmamarca, tomé la Ruta Nacional 52, una de las carreteras más espectaculares del norte argentino. A medida que uno va avanzando, el paisaje cambia completamente: curvas infinitas, montañas multicolores y un cielo que parece cada vez más cerca. La Cuesta de Lipán te lleva serpenteando hasta los 4.170 metros de altura, y en la cima hay un mirador donde muchos se detienen a aclimatarse y sacar fotos.

Uno de los momentos más mágicos del camino es cuando empiezan a aparecer las llamas. Están sueltas, caminando al borde de la ruta o cruzando sin prisa, como si fueran parte del decorado natural. Ese tramo entre Purmamarca y las Salinas ya vale el viaje en sí mismo.

Una vez arriba, el paisaje se aplana completamente y llegás a las Salinas Grandes: un desierto blanco, silencioso, que parece de otro planeta. El lugar está a más de 3.400 metros de altura, en plena puna, y abarca más de 12.000 hectáreas de sal completamente lisa.

La visita se hace con un guía local. Pagás una entrada (cuando fui costaba $8.000), y el guía te abre el portón de acceso para que entres con tu propio auto, mientras él te acompaña en moto. Te lleva a dos puntos clave dentro del salar, donde te explica la historia del lugar y podés sacar fotos impresionantes. Hay pozos de agua cristalina en el medio de la sal que parecen espejos o portales a otro mundo.

Fue uno de los lugares más raros y a la vez más lindos que conocí. El contraste entre el cielo azul, el suelo blanco y el silencio absoluto fue hipnótico. Me recordó por qué vale la pena moverse, conocer, vivir otras cosas. Y entender que en Argentina todavía hay rincones que te sacan el aire —literal y emocionalmente.


Reflexiones después de este primer mes viviendo en Argentina y lo que se viene

Viajar por Salta y Jujuy no fue solo una escapada. Fue una forma de procesar este primer mes de vuelta. De darme cuenta que sigo trabajando, que sigo creando, y que Argentina también tiene un montón para ofrecer. La tecnología me está ayudando a adaptarme: desde pagar con billeteras virtuales hasta inscribirme como monotributista con un proceso que, sinceramente, me pareció más simple que en España.

Y ya estoy pensando en lo que se viene: quiero ir a las Islas Malvinas. Es un viaje que siempre quise hacer, más por lo que significa emocional y culturalmente que por turismo. Quiero ver, entender, documentar. Como hice con Auschwitz o como hago con cada video. Con mi mirada, mi cámara y mi historia.



Datos útiles para viajar a Purmamarca, Tilcara y Salinas Grandes

📍 Purmamarca

Ubicada al pie del famoso Cerro de los Siete Colores, Purmamarca es un pueblo mágico de la Quebrada de Humahuaca. Su nombre en aimara significa “pueblo del león”. El circuito que rodea el cerro mide unos 3 km y se puede hacer caminando en una hora. Lo ideal es pasar al menos una noche para disfrutar la luz del amanecer o el atardecer sobre los colores de las montañas.

  • Altura: 2.324 m s. n. m.

  • Imperdible: feria de artesanos en la plaza, iglesia Santa Rosa de Lima (siglo XVII).

  • Tip: no hace falta filtros, los colores del cerro cambian naturalmente según la hora del día.

📍 Tilcara

Con calles de tierra, mucha cultura andina y una vibra única, Tilcara es una parada clave en la Quebrada. El Pucará de Tilcara, una fortaleza preincaica reconstruida parcialmente por arqueólogos, es uno de los sitios arqueológicos más importantes del norte.

  • Altura: 2.465 m s. n. m.

  • Gastronomía: empanadas, locro y tamales de calle, recomendados.

  • Ideal para: conectar con la cultura local, escuchar música en vivo y explorar historia ancestral.

📍 Salinas Grandes

A 3.400 metros de altura, este inmenso salar de más de 12.000 hectáreas parece un espejo blanco sin fin. Se accede desde Purmamarca subiendo por la Cuesta de Lipán, una ruta panorámica de montaña. La entrada se hace con guía local y permite recorrer zonas internas del salar.

  • Altura: 3.450 m s. n. m.

  • Acceso: desde Purmamarca, son unos 70 km (1h 30 min en auto).

  • Experiencia: paisajes únicos, pozos de agua cristalina, llamas en el camino, silencio absoluto.

  • Tip: llevar anteojos de sol y protector solar, la reflexión del sol sobre la sal es intensa.